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miércoles, 24 de septiembre de 2014

Comentario a la carta del jefe indio Seattle y una protesta contra el capitalismo




Los indios americanos sostienen que no se puede poseer la tierra, como no se puede poseer el cielo, el frescor del aire o el brillo del agua. Así lo expresa el jefe indio Seattle en su carta al presidente de los Estados Unidos antes de que arrasasen con sus tierras:

“Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra.”

“¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa es para nosotros una idea extraña.
Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos?”

¿Qué significan sus palabras y por qué no podemos poseer la tierra? Los indios asimilan la posesión de la tierra con la posesión de elementos cualitativos (la frescura del aire y el fulgor del agua), como si la tierra fuese comparable a ellos, como si el sustantivo, que parece aprehensible, fuese equivalente al adjetivo, que parece inaprehensible. Voy a explicar por qué tienen razón en establecer una comparación que resulta inapropiada al individuo urbano esclerosado. 

El virtuoso es aquel que posee la cualidad de la virtud, el valiente el que posee la cualidad de la valentía y el honesto el que posee la cualidad de la honestidad, del mismo modo en que lo brillante posee la cualidad del brillo. ¿Pero qué es la tierra y que son los objetos sino el ser o espíritu, o entidad, que se adorna, al igual que la persona buena con la bondad, con una serie de cualidades que son las que nos permiten reconocerla como tal? Así como solo el bello puede poseer, por naturaleza, legítimamente, la belleza, la tierra, por naturaleza ontológica, legítimamente, posee los atributos que percibimos y que pretendemos nuestros.

Nosotros somos como el que extorsiona o hurta lo que no le pertenece por medios ilegítimos y alienantes. Si el que es adornado por “x” cualidad es quien realmente la posee, entonces cada ser se posee a sí mismo, en el sentido de que su ser o esencia posee los elementos cualitativos que crean su entidad individual diferenciada. Poseer de esta forma es poseer desde dentro, desde el interior, desde el espíritu; la otra es poseer desde el exterior, desde la materia, que en verdad nunca logra la posesión verdadera del ser. Por eso la tierra se posee a sí misma y no nosotros a ella.

Además, no es ética la pretensión de poseer exteriormente a los hermanos ni a los familiares, porque no se puede poseer de esa forma a los seres que se ama, y la tierra es hermana nuestra, al igual que todo lo existente. Así lo afirma el jefe indio Seattle en la carta citada:

“Nuestros muertos jamás se olvidan de esta bella tierra, pues ella es la madre del hombre piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Los picos rocosos, los surcos húmedos de las campiñas, el calor del cuerpo del potro y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.”  

“Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres. Para él una porción de tierra tiene el mismo significado que cualquier otra, pues es un forastero que llega en la noche y extrae de la tierra aquello que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando ya la conquistó, prosigue su camino.” 

Todos los seres somos hermanos porque todos contamos con una misma esencia en razón de nuestro origen común de una única fuente. La hermandad de todas las cosas recalca la consciencia de la unidad subyacente y trascendente. Precisamente porque todos tienen la misma esencia originaria es que Dios, esa esencia, se manifiesta omnipresente. Por eso Seattle señala que todos pertenecen a la misma familia. De ahí que para el indio, y para toda persona con una sensibilidad no enturbiada, vender la tierra es vender a sus hermanos como si fuesen objetos o mercancías, o como vender a la propia madre: algo completamente pérfido y despreciable. 

Carta del Jefe Seattle al presidente de los Estados Unidos





Nota

El presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, envía en 1854 una oferta al jefe Seattle, de la tribu Suwamish, para comprarle los territorios del noroeste de los Estados Unidos que hoy forman el Estado de Wáshington. A cambio, promete crear una "reservación" para el pueblo indígena. El jefe Seattle responde en 1855.

El Gran Jefe Blanco de Wáshington ha ordenado hacernos saber que nos quiere comprar las tierras. El Gran Jefe Blanco nos ha enviado también palabras de amistad y de buena voluntad. Mucho apreciamos esta gentileza, porque sabemos que poca falta le hace nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego a tomar nuestras tierras. El Gran Jefe Blanco de Wáshington podrá confiar en la palabra del jefe Seattle con la misma certeza que espera el retorno de las estaciones. Como las estrellas inmutables son mis palabras.
¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa es para nosotros una idea extraña.
Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos?
Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama brillante de un pino, cada puñado de arena de las playas, la penumbra de la densa selva, cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y vida de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo la historia del piel roja.
Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra de origen cuando van a caminar entre las estrellas. Nuestros muertos jamás se olvidan de esta bella tierra, pues ella es la madre del hombre piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Los picos rocosos, los surcos húmedos de las campiñas, el calor del cuerpo del potro y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.
Por esto, cuando el Gran Jefe Blanco en Wáshington manda decir que desea comprar nuestra tierra, pide mucho de nosotros. El Gran Jefe Blanco dice que nos reservará un lugar donde podamos vivir satisfechos. Él será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por lo tanto, nosotros vamos a considerar su oferta de comprar nuestra tierra. Pero eso no será fácil. Esta tierra es sagrada para nosotros. Esta agua brillante que se escurre por los riachuelos y corre por los ríos no es apenas agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos la tierra, ustedes deberán recordar que ella es sagrada, y deberán enseñar a sus niños que ella es sagrada y que cada reflejo sobre las aguas limpias de los lagos hablan de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo de los ríos es la voz de mis antepasados.
Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed. Los ríos cargan nuestras canoas y alimentan a nuestros niños. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos, y los suyos también. Por lo tanto, ustedes deberán dar a los ríos la bondad que le dedicarían a cualquier hermano.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres. Para él una porción de tierra tiene el mismo significado que cualquier otra, pues es un forastero que llega en la noche y extrae de la tierra aquello que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando ya la conquistó, prosigue su camino. Deja atrás las tumbas de sus antepasados y no se preocupa. Roba de la tierra aquello que sería de sus hijos y no le importa.
La sepultura de su padre y los derechos de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, a la tierra, a su hermano y al cielo como cosas que puedan ser compradas, saqueadas, vendidas como carneros o adornos coloridos. Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solamente un desierto.
Yo no entiendo, nuestras costumbres son diferentes de las suyas. Tal vez sea porque soy un  salvaje y no comprendo.
No hay un lugar quieto en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar donde se pueda oír el florecer de las hojas en la primavera o el batir las alas de un insecto. Mas tal vez sea porque soy un hombre salvaje y no comprendo. El ruido parece solamente insultar los oídos.
¿Qué resta de la vida si un hombre no puede oír el llorar solitario de un ave o el croar nocturno de las ranas alrededor de un lago?. Yo soy un hombre piel roja y no comprendo. El indio prefiere el suave murmullo del viento encrespando la superficie del lago, y el propio viento, limpio por una lluvia diurna o perfumado por los pinos.
El aire es de mucho valor para el hombre piel roja, pues todas las cosas comparten el mismo aire -el animal, el árbol, el hombre- todos comparten el mismo soplo. Parece que el hombre blanco no siente el aire que respira. Como una persona agonizante, es insensible al mal olor. Pero si vendemos nuestra tierra al hombre blanco, él debe recordar que el aire es valioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con la vida que mantiene. El viento que dio a nuestros abuelos su primer respiro, también recibió su último suspiro. Si les vendemos nuestra tierra, ustedes deben mantenerla intacta y sagrada, como un lugar donde hasta el mismo hombre blanco pueda saborear el viento azucarado por las flores de los prados.
Por lo tanto, vamos a meditar sobre la oferta de comprar nuestra tierra. Si decidimos aceptar, impondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.
Soy un hombre salvaje y no comprendo ninguna otra forma de actuar. Vi un millar de búfalos pudriéndose en la planicie, abandonados por el hombre blanco que los abatió desde un tren al pasar. Yo soy un hombre salvaje y no comprendo cómo es que el caballo humeante de hierro puede ser más importante que el búfalo, que nosotros sacrificamos solamente para sobrevivir.
¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales se fuesen, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra con los animales en breve ocurrirá a los hombres. Hay una unión en todo.
Ustedes deben enseñar a sus niños que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, digan a sus hijos que ella fue enriquecida con las vidas de nuestro pueblo. Enseñen a sus niños lo que enseñamos a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, están escupiendo en sí mismos.
Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra. Esto es lo que sabemos: todas la cosas están relacionadas como la sangre que une una familia. Hay una unión en todo.
Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra. El hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos. Todo lo que hiciere al tejido, lo hará a sí mismo.
Incluso el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla como él, de amigo a amigo, no puede estar exento del destino común. Es posible que seamos hermanos, a pesar de todo. Veremos. De una cosa estamos seguros que el hombre blanco llegará a descubrir algún día: nuestro Dios es el mismo Dios.
Ustedes podrán pensar que lo poseen, como desean poseer nuestra tierra; pero no es posible, Él es el Dios del hombre, y su compasión es igual para el hombre piel roja como para el hombre piel blanca.
La tierra es preciosa, y despreciarla es despreciar a su creador. Los blancos también pasarán; tal vez más rápido que todas las otras tribus. Contaminen sus camas y una noche serán sofocados por sus propios desechos.
Cuando nos despojen de esta tierra, ustedes brillarán intensamente iluminados por la fuerza del Dios que los trajo a estas tierras y por alguna razón especial les dio el dominio sobre la tierra y sobre el hombre piel roja.
Este destino es un misterio para nosotros, pues no comprendemos el que los búfalos sean exterminados, los caballos bravíos sean todos domados, los rincones secretos del bosque denso sean impregnados del olor de muchos hombres y la visión de las montañas obstruida por hilos de hablar.
¿Qué ha sucedido con el bosque espeso? Desapareció.
¿Qué ha sucedido con el águila? Desapareció.
La vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia.

FIN

miércoles, 27 de agosto de 2014

Prefiero a un dios hecho árbol antes que a uno hecho hombre




Jesucristo es el humanismo más empalagoso de todos. ¡Qué toquen la sonata de piano en una iglesia blanqueada! ¿No te basta? Pónganme un babero orlado. ¡Vamos!, seamos amanerados: nuestros gestos afectados son la pureza de la beatitud. No somos capaces de tocar la mugrienta tierra: nuestras narices respingadas son demasiado pulcras, demasiado humanas y demasiado rasuradas. Sabemos de civilización.

Desde que nació el cristianismo, el rencor acaramelado, el odio dulcificado, arremetió contra el cetro sagrado de los bosques y las montañas, contra el puñado de hierba que se eleva a través del viento agitado y libre. El cristianismo es la adoración al individuo, un culto destinado a la urbe, el culto a la particularidad humana por excelencia: tomó, con su mano despreciativa y puritana, la ciega devoción –¡ciega de loca clarividencia!- que flotaba en la amplitud cósmica e insondable, y la redujo a un individuo exclusivo. La adoración a la esencia impersonal en la naturaleza viva fue traspasada a una adoración personalista centrada en el ser humano particular, a despecho de la naturaleza, poblada de demonios, de falsos ídolos, poblada de paganismo, en definitiva, ¡carente de espíritu, de vida, carente del divino soplo, exclusividad del ser humano! Porque sólo el ser humano es imperecedero, sólo en él reside el Espíritu Santo. ¡El lema principal de todo burgués ciudadano! ¡El primer paso para la Revolución Industrial! ¡El primer atisbo de cosificación de la naturaleza, objeto inerte, herramienta que se usa y desecha, que se explota, que se arranca y arroja, creada para el humano, ser henchido de ambición! La tierra pertenece a ese puritano sentado en un sillón real que se eleva muy por encima de la mugre verde. Así lo dice Dios: “llenad la tierra, y sojuzgadla” (Génesis 1:28). ¡Sojuzgadla!

El cristianismo: ¡humanismo, no bondad! Humanismo con el ojo torvo, humanismo del que mira de lado, del que ama la adhesión humana y posee lengua demasiado humana y floja. ¡Y esa obsesión por el lenguaje, surgida del exceso de Palabra, del exceso de logos, del exceso de sermón, del vicio de la escritura! Yo prefiero la vívida imagen, o aún más: la pura idea sin imagen, labrada con su sola fuerza. ¿No decía el necio de Tertuliano que solo se piensa con palabras?

¿De qué me sirve un corazón de piedra ornamentado con palabras bonitas? ¿De qué me sirve un nido de avispas revestido de pureza alada y constipada –ridícula pureza eunuca-? ¿De qué un abismo recubierto por luz? ¿De qué me sirve lo agrio y lo amargo, la rudeza bruta, el áspero sabor de la lija dura y pura, aderezada con azúcar, miel y caramelo angelicales, con el dulzor más meloso y pegajoso? Tantos remilgos no sirven para comunicar amor. Ni un ápice de amor se comunica por medio de ellos para quien sabe mirar a través de la fingida imagen, penetrar el velo con el filo de su mirada y capturar su núcleo en un instante. El bien no se adorna, ni se sermonea con palabras afables que encierran malos sentimientos y bajas pasiones. ¡Eufemismos! ¡El fariseo se trasladó de ahí, acá, dice el ángel señalando el viejo templo!

Si quieres amor y benevolencia hacia todos los seres -entismo o serismo en lugar de humanismo-, lo hallarás en las flores y en los árboles: Jesús es una sombra. Leyendo la vida de Jesús escrita en los Evangelios digo: ¡cuánta telenovela humanista y cuánta obsesión por la biografía, por la historia, por el tiempo, por la hora, por el minuto, por el reloj y por lo efímero! ¡Leyendo a Jesús de repente uno se vuelve urbano y comerciante! Primero comercia para luego poder desprenderse de sus riquezas: ¡pureza! Nunca aprendió nada de la tierra ni del viento, y el frío no es una bendición, como la lluvia tampoco es ya una bendición para su alma, sino una maldición para su cuerpo.

¡Yo prefiero adorar al árbol sagrado, al árbol divino, cetro de Dios! Yo prefiero a un dios hecho árbol. El árbol definitivamente es más elocuente que el humano, pero su elocuencia no es vana: el mensaje llega intacto, sin ser traicionado. En cambio la lengua a menudo traiciona el mensaje. A quien no es capaz de leer lo divino en el Libro del Silencio, ¿dé que le sirven los libros sagrados? Quien no comprende entregándose a la quietud, ¿cómo podrá comprender en el bullicio? 

Al borde del arrollo




Ella se sentaba al borde del arrollo a profesar su amor por lo divino y su amor por lo pequeño, por lo ínfimo, por la brizna de hierba que crecía junto a la orilla. Pero sabía que su amor por lo divino era un amor inferior, deseo, mientras que su amor por la brizna de hierba era un amor superior, desinteresado y absoluto. Amaba a la hierba con un amor divino y a Dios con un amor carnal. Cuando se preguntó por qué, lo supo: su corazón había encontrado en la hierba a Dios y, sin embargo, en Dios solo había encontrado hierba. 

lunes, 18 de agosto de 2014

Lo que me traen los vientos del Norte



Nuestra naturaleza es radiante como el Sol, y quienes pretendan menguar la luz del Sol deberán perecer.

¿Barbarie? ¿Cuál barbarie? ¿Te refieres al fuego bárbaro del sol, a las agitadas ansias de vivir del ser montarás?

¡Qué el rígido y contraído cristianismo perezca ante el exultante y apasionado arrebato del feroz pagano, que se refugia en los bosques y en las selvas que tan impíamente el cristianismo tala! ¡Qué sea la anchurosa sonrisa del sol, la risa descarriada del festejo silvestre, la fiesta sin tregua contra la contrición raída del devoto que refrena su naciente vuelo hacia las alturas con la negra tumba! ¡La adoración desatada, la loca adoración idólatra, la adoración ardiente en llamas contra el pecho agrietado por la cuaresma de un bendito culto! ¡Y la vida contra el flagelo del alma en penumbras!

domingo, 27 de julio de 2014

Aforismos sobre el cristianismo desde el espíritu europeo precristiano



I

Lo que se necesita es un anticristianismo metafísico de raíces druidas.

II

El cristianismo es un intruso semita en tierras indoeuropeas, que ha conseguido alienar a los pueblos del norte. Los ha desligado de sus raíces e introducido en una tradición que les era completamente ajena. Ha opacado todo su amor y vigor por la vida a través de la culpa y la desconfianza hacia toda la naturaleza viviente. La libertad de los bárbaros ha devenido, por mediación cristiana, en el "civilizacionismo" de un occidente aburguesado.

III

No puedo darle tregua al cristianismo, ni una alianza parcial o establecer un acuerdo relativo, porque asechando como un vampiro entre las sombras, siempre vuelve a atacarme por la espalda en el instante crucial. El cristianismo, por desgracia, es un felón. Con él no puede haber pacto: porque es una larva espectral que se nutre de la sangre reverberante de los seres vivientes que escalan sobre los montes inhóspitos y escabrosos, abiertos y amplios y profundos, donde la vegetación virgen no ha sido maculada aún por la mirada profana del sacerdote que todo lo escatima.

IV

El cristianismo es el odio hacia todo lo viviente. Hacia todo lo verdaderamente viviente: hacia todo lo salvaje que habita en los bosques y las montañas, hacia todo lo montarás que recibe la luz del día y la oscuridad de la profunda noche con el alma ardiente en llamas. Los cabellos enmarañados y las pupilas desorbitadas no gustan al cristiano.

V

El cristianismo lo blanquea todo, hasta no dejar ni un rastro de color en el bosque.

VI

Una sonrisa espontanea bajo los cabellos revueltos de quien ha gozado: eso es lo que más odia el cristiano.

VII

Si queremos devolver la benevolencia, la pureza, el brillo prístino de nuestra primera infancia a las cosas, no podemos contar con el cristianismo como aliado.