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jueves, 25 de septiembre de 2014

Canto a mi alma




Te invoco, a ti, te invoco, tú que te ocultas en mi oscuridad, en lo profundo de mí, sal de tus hondas selvas y retorna. Tú, que te has remontado hasta la oscura maraña de mi ser, revive de nuevo, con cuantas lágrimas sea necesario revivir. Te amo. 

Busco en los oscuros parajes, grito con toda mi voz, y no te encuentro. ¿Por qué mares y selvas te has sumergido, que ríos has atravesado? Ya desde un promontorio de rocas tenuemente iluminadas por el sol apoyo mis frágiles manos, mis manos sencillas. He roto mi garganta gritando. Mi corazón arde en llamas. Todo mi corazón yace inflamado y atravesado en mi pecho como un dardo. Quiero retornar a ti con todas mis fuerzas, con todo mi ser. Lo que deba gastar, lo gastaré: pólvora y alimentos, todo caerá. Desde los rincones del universo he recogido todas mis fuerzas, todo mi empeño en ti, en alcanzarte, fugaz cervatillo, fugaz ráfaga que huyes de mí entre la niebla. Escúchame. Escucha mi voz llamarte. Mi amor es un amor mudo, un amor obnubilado, un amor cegado en el misterio del ocaso con una sonrisa ida y los ojos cerrados sobre el pecho. Arrúllame. Vuelve a recogerme en ti, en tu regazo.

Incomprendida criatura, ser raro, de cabello despeinado y mirada extraviada, no deseas pactar con el mundo. Haz hecho tu nido muy lejos de aquí, por dónde no mora nadie. Permíteme alcanzarte. Permíteme emprender el viaje, izar velas, soltar amarras, zarpar. Mi navío ya se estremece en las aguas. Lejos, bajo la niebla, sobre la niebla, entre la niebla, tras las altas cumbres, muy lejos has ido a parar. Agitados mares, agitadas tierras con aves de muy diversos colores... Quiero alcanzarte en tu mundo, ir hacia donde te diriges en tu incesante marcha tierras adentro. ¿Escalas un escarpado bosque montañas arriba, donde la noche dibuja su aposento? Te convoco, aquí y ahora, con todo mi amor. Casa mía, hogar mío, resguárdame de las tormentas, acógeme. Mi mirada es una luz que se pierde tierras adentro en el tenebroso bosque donde has urdido tus magias. Un perfume embriagador. Un grito. Y toda la agitación del alba. Todas las constelaciones han querido adornar mi frente, o la tuya, y tu sonrisa tras la noche. Todas las estrellas han querido encontrarse unidas en mi pecho. Desde antaño encontraste más sabiduría que yo, y supiste guiarme. Te ruego que vuelvas a mí. Te fuiste, huiste y me dejaste, y de repente te hallo sabia: ¡cuánta sabiduría mora en mi alma dormida! Amada, rema en tu canoa hacia mí y no olvides agitar tus túnicas. ¡Qué sabia eras! Y me dejaste atrás. Mantente conmigo. Tu socorro, tu canto que no cesa, tu voz como cascada y tu garganta: mi abismo. Una niña en mí, sabia como nadie, con ojos como el sol. Yo te reconozco, puedo entreverte, te respiro. Sé quién eres. Siempre me observaste, y no dijiste nada. ¿Por qué no hablabas? ¿Esperabas a que me volviese hacia ti? Casi puedo asirte, estás y no estás, te presentas, pero te escabulles. No he amado tanto desde que te conocí. Con tu fuego eterno encendías mis otros amores de ojos cerrados como el tuyo. Pero tus ojos estaban abiertos. Y eran compasivos. Anchos. Profundos. Aguas sin fin. Aguas eternas sin memoria. Como si no las hubiese visto nunca. Era un arrecife en llamas, o algo mayor. Millares de seres anidaban allí, y tú parecías contenerlos todos en una sonrisa. Atrápame, captúrame para siempre en tu sonrisa sin fin y en tus ojos cerrados a través de los cuales vislumbras el mundo.

Dolores y perlas, dolores y perlas por doquier. Te refugiaste del mundo hace mucho. El silencio lo enciende una vela. A ti, a ti como a nadie, invencible, mujer invencible, vida mía. No me sueltes más. No me dejes ir. Sabes que te amo. Necesito tu rastro. ¿Fuiste tú quien me hizo girar en círculos errantes, desviarme para luego volver a ti por el lazo que me tendiste, que me mostraba el camino? ¿Lo sabías todo acaso? ¿En tu sonrisa serena se escondía el misterio del sufrimiento? Mi corazón arde en llamas, vacíalo con tu amor. Mi corazón se agita como una cascada de fuego. Desde siempre lo supiste todo, y me tengo que atener por entero a ti. En ti moran todos los seres que quise, en ti moran todos los seres que amé, todos los parajes maravillosos, las encrucijadas y lo que se halla tras ellas. Eres una cruz candente donde se unen todos los extremos del mundo, donde todos los bordes se tocan. Reabsórbeme. No me perdones la existencia. Quiero tu espada en mi corazón. Me podrías raptar en un solo vuelo y devolverme, y yo no me daría cuenta, tan grande es mi amor.

Estaba bien y apareciste, y has dejado mi corazón rasgado, herido con trazos luminosos. Me muevo como desangrándome, como moribunda anhelándote. Estaba bien, y de repente apareciste y me desgarraste, y ya no puedo descansar sin ti, y sangro, sangro tu luz. Luz, maravilla que embriaga y hiere. No me dejes ni un instante. Ni un instante te esfumes de mí, maravilla de maravillas. ¿Cuándo supe que mi voz era tan anciana? Anciana aquí y ahora, donde los pájaros moran como niños y emprenden el vuelo de sus alas. Anciana aquí y ahora, con toda mi vida encerrada en el amanecer de los tiempos. He implorado frente a ti, de cara frente al templo de mi amor. Ni una gota: y todas las gotas han caído a mí como perlas.

Ser pequeño y sin ofensa. ¿Quién podría quebrar algo tan frágil? Y se esconde desde remotos tiempos.

He extraído esto de mi alma, como confidencia: un trazo de lo rasgado. 

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Comentario a la carta del jefe indio Seattle y una protesta contra el capitalismo




Los indios americanos sostienen que no se puede poseer la tierra, como no se puede poseer el cielo, el frescor del aire o el brillo del agua. Así lo expresa el jefe indio Seattle en su carta al presidente de los Estados Unidos antes de que arrasasen con sus tierras:

“Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra.”

“¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa es para nosotros una idea extraña.
Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos?”

¿Qué significan sus palabras y por qué no podemos poseer la tierra? Los indios asimilan la posesión de la tierra con la posesión de elementos cualitativos (la frescura del aire y el fulgor del agua), como si la tierra fuese comparable a ellos, como si el sustantivo, que parece aprehensible, fuese equivalente al adjetivo, que parece inaprehensible. Voy a explicar por qué tienen razón en establecer una comparación que resulta inapropiada al individuo urbano esclerosado. 

El virtuoso es aquel que posee la cualidad de la virtud, el valiente el que posee la cualidad de la valentía y el honesto el que posee la cualidad de la honestidad, del mismo modo en que lo brillante posee la cualidad del brillo. ¿Pero qué es la tierra y que son los objetos sino el ser o espíritu, o entidad, que se adorna, al igual que la persona buena con la bondad, con una serie de cualidades que son las que nos permiten reconocerla como tal? Así como solo el bello puede poseer, por naturaleza, legítimamente, la belleza, la tierra, por naturaleza ontológica, legítimamente, posee los atributos que percibimos y que pretendemos nuestros.

Nosotros somos como el que extorsiona o hurta lo que no le pertenece por medios ilegítimos y alienantes. Si el que es adornado por “x” cualidad es quien realmente la posee, entonces cada ser se posee a sí mismo, en el sentido de que su ser o esencia posee los elementos cualitativos que crean su entidad individual diferenciada. Poseer de esta forma es poseer desde dentro, desde el interior, desde el espíritu; la otra es poseer desde el exterior, desde la materia, que en verdad nunca logra la posesión verdadera del ser. Por eso la tierra se posee a sí misma y no nosotros a ella.

Además, no es ética la pretensión de poseer exteriormente a los hermanos ni a los familiares, porque no se puede poseer de esa forma a los seres que se ama, y la tierra es hermana nuestra, al igual que todo lo existente. Así lo afirma el jefe indio Seattle en la carta citada:

“Nuestros muertos jamás se olvidan de esta bella tierra, pues ella es la madre del hombre piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Los picos rocosos, los surcos húmedos de las campiñas, el calor del cuerpo del potro y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.”  

“Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres. Para él una porción de tierra tiene el mismo significado que cualquier otra, pues es un forastero que llega en la noche y extrae de la tierra aquello que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando ya la conquistó, prosigue su camino.” 

Todos los seres somos hermanos porque todos contamos con una misma esencia en razón de nuestro origen común de una única fuente. La hermandad de todas las cosas recalca la consciencia de la unidad subyacente y trascendente. Precisamente porque todos tienen la misma esencia originaria es que Dios, esa esencia, se manifiesta omnipresente. Por eso Seattle señala que todos pertenecen a la misma familia. De ahí que para el indio, y para toda persona con una sensibilidad no enturbiada, vender la tierra es vender a sus hermanos como si fuesen objetos o mercancías, o como vender a la propia madre: algo completamente pérfido y despreciable. 

domingo, 14 de septiembre de 2014

Himno al Sol





¡Oh deidad, oh soberana, oh Sol,
yo me postro a tus pies, yo me humillo ante ti!
No cesaré de elevar mis brazos al cielo azul
y recitar cánticos en tu honor con el pecho abierto
con el pecho desgarrado y ardiente.
En mis brazos porto brazaletes
innumerables joyas adornan mis manos
y un collar destella en mi cuello.
Mis cabellos son espesos y largos
y sobre mi áurea cabeza 
ciño una sobresaliente corona de oro.
¡Juro por mis cabellos, juro por el brillo de mis pupilas,
por las tempestades y las noches, por los mares y las tormentas,
juro que mi canto es el prolongado grito que crepita enloquecido sobre los montes 
juro que mi canto es cada espiga de trigo que crece sobre la anchurosa tierra
juro que mi canto es la vida de cada rama floreciente, la vida que se alza con cada brote de hierba!
¡Juro que mi canto está más allá, más allá, más allá,
y que más allá, sobre la espesura y los abismos, mi canto retumba sin fin!
Por la belleza, gloríate de mí, regia soberana, sométeme:
¡yo me humillo ante la belleza acabada y perfecta!
Celebro mis victorias, mis hazañas, mis glorias.
Celebro cada alimento que germina del cielo, cada bocado que de la tierra recojo.
Celebro con mis embriagadas manos cada puñado de amor que en mi alma has encendido.
Si me retiro, besaré el suelo delante de mí.
Si me retiro, realizaré una reverencia con la cabeza.
Si me retiro, me postraré entera sobre la tierra.
¡Oh deidad, oh soberana, oh Sol,
yo me postro a tus pies, yo me humillo ante ti!
Soy un ser dichoso, un ser digno, un ser altivo,
mi cabeza elevo a los cielos, mis ojos remonto muy alto hasta verte.
De ti lleno es mi pecho, de tu luz mis ojos destellan,
de ti mi boca desborda y mis cantos fluyen para acompañar a los seres.


....


La oración del corazón pagano es muy distinta de la del cristiano. La del pagano, adora; la del cristiano, ruega. 

No es humildad lo que aquí aparece, sino más bien adoración, loca adoración. La adoración de un ser que se sabe dichoso y feliz, pero que sucumbe completamente ante lo que le es con mucho superior. Es desbaratarse completamente, entregarse plenamente ante aquello que se ama sin fin.

El ser dichoso no se humilla porque se sienta menos o débil, o pobre, o desdichado, o malo, se humilla porque, sintiéndose mucho, fuerte, pleno, feliz, bueno, sabe que hay algo que con mucho lo supera.

sábado, 30 de agosto de 2014

Sobre mi revelación divina



No vi nada, no escuché nada. Mis sentidos se suspendieron. Lo experimenté como un recuerdo: de súbito, recordé. Y el recuerdo emergió con mucha fuerza, en un instante, hasta que me consumió por entero como el fuego al hilo de una vela, hasta que desaparecí, me extinguí.

Es muy difícil de explicar, pero intentaré aproximarme.

Atravesé los confines de mi ser en un instante ínfimo, como si atravesara un túnel oscuro sin fin, hasta que alcancé el núcleo de mi corazón, que permanecía oculto en penumbra, olvidado, como los cuerpos que yacen sepultados bajo tierra. Cuando alcancé mi núcleo, súbitamente alcancé, a la par, el núcleo de todas las cosas: todos los seres éramos, en realidad, el mismo ser. Pero para expresarme más rigurosamente, tampoco puedo decir que éramos él mismo ser, porque no éramos un ser, ni tampoco un no ser, sino que estábamos más allá del ser y del no ser. No éramos ni no no-éramos. El ser y el no ser no eran más que parte de la ilusión, del humo que se difuminaba. Lo que me rodeaba, la multiplicidad, el mundo, el universo, lo contemplé desde fuera en un segundo, y vi cómo se diluía ante la verdad, como el espejismo que era, completamente irreal. También se me mostró que el universo irreal nunca había tenido un principio ni tendría un fin dentro del tiempo, también irreal. El universo, en su irrealidad, siempre había existido. Pero más allá de su existencia perpetua, se elevaba lo verdadero y absoluto, que era el fundamento sin el cual su existencia sería inviable: su verdadera fuente, más allá del tiempo. Esa verdad era el amor: amor absoluto, eterno, infinito, todopoderoso, más allá de cualquier noción, limite, ley, palabra, etc. Ese amor era lo más profundo de mí, de todo cuanto existe, era la verdadera realidad de todos los seres, lo único real. El amor, única realidad, era como un punto. Era diminuto. Era lo más pequeño. Era infinitamente pequeño. Tanto que se contraía en su centro hasta el infinito. Tanto que desaparecía, que era inaprehensible. Tanto, que era absoluto y lo abarcaba todo. Tanto, que era indiviso. Todo eso se me mostró con una realidad inconcebible. La felicidad que experimentaba era, literalmente, absoluta, sin límite alguno. Mi revelación fue más breve que un segundo. Pero ese segundo era eterno. La distancia que separa al principio, unidad o amor absoluto de la existencia ilusoria, se me reveló como infinita. Entre la verdad y la ilusión mediaba un abismo infinito.

Muchas veces intento explicarlo, pero no me entienden, y creen que algo así puede estar sujeto a error o acierto y que admite la duda. Pero lo cierto es que lo que se me mostró se me mostró como una certeza absoluta. Era más real, en grado infinito, que mi propia existencia individual y pensamiento. Las certezas evidentes, como 2 + 2 = 4, en realidad, frente a esa verdad mucho más que evidente, evidente en grado infinito, pero olvidada, desaparecen.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Prefiero a un dios hecho árbol antes que a uno hecho hombre




Jesucristo es el humanismo más empalagoso de todos. ¡Qué toquen la sonata de piano en una iglesia blanqueada! ¿No te basta? Pónganme un babero orlado. ¡Vamos!, seamos amanerados: nuestros gestos afectados son la pureza de la beatitud. No somos capaces de tocar la mugrienta tierra: nuestras narices respingadas son demasiado pulcras, demasiado humanas y demasiado rasuradas. Sabemos de civilización.

Desde que nació el cristianismo, el rencor acaramelado, el odio dulcificado, arremetió contra el cetro sagrado de los bosques y las montañas, contra el puñado de hierba que se eleva a través del viento agitado y libre. El cristianismo es la adoración al individuo, un culto destinado a la urbe, el culto a la particularidad humana por excelencia: tomó, con su mano despreciativa y puritana, la ciega devoción –¡ciega de loca clarividencia!- que flotaba en la amplitud cósmica e insondable, y la redujo a un individuo exclusivo. La adoración a la esencia impersonal en la naturaleza viva fue traspasada a una adoración personalista centrada en el ser humano particular, a despecho de la naturaleza, poblada de demonios, de falsos ídolos, poblada de paganismo, en definitiva, ¡carente de espíritu, de vida, carente del divino soplo, exclusividad del ser humano! Porque sólo el ser humano es imperecedero, sólo en él reside el Espíritu Santo. ¡El lema principal de todo burgués ciudadano! ¡El primer paso para la Revolución Industrial! ¡El primer atisbo de cosificación de la naturaleza, objeto inerte, herramienta que se usa y desecha, que se explota, que se arranca y arroja, creada para el humano, ser henchido de ambición! La tierra pertenece a ese puritano sentado en un sillón real que se eleva muy por encima de la mugre verde. Así lo dice Dios: “llenad la tierra, y sojuzgadla” (Génesis 1:28). ¡Sojuzgadla!

El cristianismo: ¡humanismo, no bondad! Humanismo con el ojo torvo, humanismo del que mira de lado, del que ama la adhesión humana y posee lengua demasiado humana y floja. ¡Y esa obsesión por el lenguaje, surgida del exceso de Palabra, del exceso de logos, del exceso de sermón, del vicio de la escritura! Yo prefiero la vívida imagen, o aún más: la pura idea sin imagen, labrada con su sola fuerza. ¿No decía el necio de Tertuliano que solo se piensa con palabras?

¿De qué me sirve un corazón de piedra ornamentado con palabras bonitas? ¿De qué me sirve un nido de avispas revestido de pureza alada y constipada –ridícula pureza eunuca-? ¿De qué un abismo recubierto por luz? ¿De qué me sirve lo agrio y lo amargo, la rudeza bruta, el áspero sabor de la lija dura y pura, aderezada con azúcar, miel y caramelo angelicales, con el dulzor más meloso y pegajoso? Tantos remilgos no sirven para comunicar amor. Ni un ápice de amor se comunica por medio de ellos para quien sabe mirar a través de la fingida imagen, penetrar el velo con el filo de su mirada y capturar su núcleo en un instante. El bien no se adorna, ni se sermonea con palabras afables que encierran malos sentimientos y bajas pasiones. ¡Eufemismos! ¡El fariseo se trasladó de ahí, acá, dice el ángel señalando el viejo templo!

Si quieres amor y benevolencia hacia todos los seres -entismo o serismo en lugar de humanismo-, lo hallarás en las flores y en los árboles: Jesús es una sombra. Leyendo la vida de Jesús escrita en los Evangelios digo: ¡cuánta telenovela humanista y cuánta obsesión por la biografía, por la historia, por el tiempo, por la hora, por el minuto, por el reloj y por lo efímero! ¡Leyendo a Jesús de repente uno se vuelve urbano y comerciante! Primero comercia para luego poder desprenderse de sus riquezas: ¡pureza! Nunca aprendió nada de la tierra ni del viento, y el frío no es una bendición, como la lluvia tampoco es ya una bendición para su alma, sino una maldición para su cuerpo.

¡Yo prefiero adorar al árbol sagrado, al árbol divino, cetro de Dios! Yo prefiero a un dios hecho árbol. El árbol definitivamente es más elocuente que el humano, pero su elocuencia no es vana: el mensaje llega intacto, sin ser traicionado. En cambio la lengua a menudo traiciona el mensaje. A quien no es capaz de leer lo divino en el Libro del Silencio, ¿dé que le sirven los libros sagrados? Quien no comprende entregándose a la quietud, ¿cómo podrá comprender en el bullicio? 

Al borde del arrollo




Ella se sentaba al borde del arrollo a profesar su amor por lo divino y su amor por lo pequeño, por lo ínfimo, por la brizna de hierba que crecía junto a la orilla. Pero sabía que su amor por lo divino era un amor inferior, deseo, mientras que su amor por la brizna de hierba era un amor superior, desinteresado y absoluto. Amaba a la hierba con un amor divino y a Dios con un amor carnal. Cuando se preguntó por qué, lo supo: su corazón había encontrado en la hierba a Dios y, sin embargo, en Dios solo había encontrado hierba. 

domingo, 24 de agosto de 2014

El espíritu celta es transhistórico




Entre las lecturas concernientes al mundo celta, es esencial incluir lecturas como "Las nieblas de Ávalon" de Marion Zimmer Bradley. Aunque desde el punto de vista histórico que atañe al mundo contingente y temporal, la lectura de materias así no sea considerada seria por académicos ordinarios, por no permitir, supuestamente, un conocimiento real y no ficticio de esas tradiciones, lo que se ajusta a los hechos de las mismas en cuestión y sin alteraciones posteriores, la verdad es que sí permite un conocimiento verdadero de su esencia. Porque no es en lo histórico y temporal donde se halla la cultura celta, sino en todo aquello que porta el espíritu celta intemporal, se dé en el tiempo, lugar y forma en que se dé. Yo me dirijo al espíritu del Úlster, al alma de lo céltico, a ese núcleo intemporal que puede irrumpir en distintos tiempos pero que está más allá de ellos. Lo celta es actual. Lo celta está presente. El espíritu celta vive en mí y en todos los que lo aman. El espíritu celta es inmortal. Cerraré los ojos a las fechas y a la geografía, a los datos empíricos que me hablan de lo externo, de las apariencias, de todo aquello que no me interesa, y volcaré mi mirada hacia lo interior, hacia la cualidad, hacia el hálito celta que se reviste de una multiplicidad de formas pasadas y actuales. Con el ojo interior reconoceré lo que es profunda y rigurosamente celta, en espíritu, de lo que no lo es. Y Marion Zimmer Bradley es rigurosa y profundamente celta, susurra mi fino sentido interior. Lo sé porque al leerla aspiro el mismo perfume. Por el perfume se la reconoce. 

El rayo de Thor




Del rayo refulgente dispones
y lo arrojas a la oscura multitud acuosa.
Sus cabezas son decapitadas en el acto.
El trueno retumba sobre los montes,
remueve la tierra, turba los mares,
se extiende como una avalancha sobre los mundos.
La luz ha penetrado como hilo fino en las raíces del universo.
¡El rojo furor contra la humanidad
ha devastado las negras ciénagas de la noche!
Y la compasión de la serena völva en el profundo bosque
el hacha invencible de la justicia
ha caído sobre sus cuellos y ha rebanado sus cabezas,
ha arrancado la hierba vil de la sagrada tierra. 

miércoles, 20 de agosto de 2014

La Edad de Oro es actualmente



Meditaba, cuando de súbito el lago se abrió frente a ella. Una voz emergió de él. Le dijo:

“Los ciclos cósmicos y las etapas de la humanidad, que se han ordenado desde lo más divino hacia lo menos divino, desde la Edad de Oro hasta la actual Edad de Hierro, desde los orígenes paradisíacos hasta el descenso y la disolución final, y que autores como Guénon, así como religiosos de todos los tiempos y de diversas tradiciones han ordenado linealmente, en realidad no son consecutivos, son simultáneos. La Edad de Oro está aquí presente. La Edad de Hierro es perpetua: no tiene su fin en sí misma o en su propio nivel de realidad. Los ciclos no se sitúan en fila uno tras otro, no se suceden, sino que se ubican en escala uno sobro otro, de forma que son a la vez. Basta ascender por la escalera que conduce a las profundidades de este lago, para escalar por las etapas progresivas, hasta desembocar en la pura luz.”

A los pies del lago




Soñó, entre el sueño y la vigilia, con un amplio y profundo lago en el que las ninfas moraban. Al aproximarse, las ninfas le susurraron: 

“Todo deseo que pidas a los pies de este lago, te será concedido. Pero este lago no se abre cuando está turbio. Para que el deseo penetre en el lago y pueda realizarse, el lago debe estar abierto, debe estar sereno. Y tú, al dirigir el deseo, no debes perder un ápice de esa serenidad inquebrantable y entonces todo lo que pidas te será concedido”. 

Sorprendida, miró hacia las profundidades del lago y al hacerlo vio que el lago era su corazón mismo, su ser interior, su alma. 

lunes, 18 de agosto de 2014

Lo que me traen los vientos del Norte



Nuestra naturaleza es radiante como el Sol, y quienes pretendan menguar la luz del Sol deberán perecer.

¿Barbarie? ¿Cuál barbarie? ¿Te refieres al fuego bárbaro del sol, a las agitadas ansias de vivir del ser montarás?

¡Qué el rígido y contraído cristianismo perezca ante el exultante y apasionado arrebato del feroz pagano, que se refugia en los bosques y en las selvas que tan impíamente el cristianismo tala! ¡Qué sea la anchurosa sonrisa del sol, la risa descarriada del festejo silvestre, la fiesta sin tregua contra la contrición raída del devoto que refrena su naciente vuelo hacia las alturas con la negra tumba! ¡La adoración desatada, la loca adoración idólatra, la adoración ardiente en llamas contra el pecho agrietado por la cuaresma de un bendito culto! ¡Y la vida contra el flagelo del alma en penumbras!

martes, 29 de julio de 2014

Sobre la verdad de ahora y de ultratumba



Lo divino es el supremo bien. La felicidad absoluta le es connatural. Para aquel que se ha elevado hasta descubrir que él mismo es lo divino, que todo lo que puede nombrar y no nombrar es lo divino, y que él, como ser individual, y la multiplicidad de seres, en realidad no existen, sino que son ilusorios, y que lo único real es la unidad absoluta e indivisa de lo divino, sobreviene la paz. Algunos hablan del temor a Dios e infunden miedo en las almas. No conozco mayor idolatría que esa. El bien absoluto, lo puro, lo mejor, lo que siempre es óptimo, no debe ser temido, sino amado. ¿Cómo la dicha puede ser temida? ¿Cómo puede temerse la felicidad y la pureza? Para el que confía en lo divino, para aquel cuya confianza es real, lo divino es siempre benéfico. Sabe que todo se reduce al bien y que, tarde o temprano, lo que parece mal u oscuridad sedera paso a la luz, y ninguna injusticia ni mal prevalecerá. Sabe que lo divino, en su beatitud sublime, está más allá de todo. Sabe que el ilimitado amor, que es lo divino, la compasión sin límites, es realmente ilimitada, y todo mal infernal queda reducido a cenizas. No teme por su futuro ni por el de nadie, pues lo que ocurra debe ocurrir y es lo mejor que podría ocurrir pese a las apariencias: todo tiene una razón de ser. Comprende que el mal no existe más que en su mente, que toda desgracia es ilusoria. Quienes profesan la existencia de un infierno eterno no tienen fe en lo divino, ya que colocan junto a la eternidad de lo divino otra eternidad. Pero solo lo divino es eterno y enteramente real. Además, quien cree que la individualidad perdura, y que un individuo puede ser feliz en sentido último mientras otro es desgraciado, no ha comprendido que la unidad divina, donde todo es felicidad ilimitada, no es fragmentaria y no excluye a ningún ser -porque no tiene límite-, sino que los implica a todos, no como individuos aislados, sino como el único ser que en realidad son: lo divino único, simple, inmutable, indivisible. La dicha es para todos los seres, o, mejor aún, para el único ser real en todos ellos. Lo demás es negar la unidad.

domingo, 27 de julio de 2014

Aforismos sobre el cristianismo desde el espíritu europeo precristiano



I

Lo que se necesita es un anticristianismo metafísico de raíces druidas.

II

El cristianismo es un intruso semita en tierras indoeuropeas, que ha conseguido alienar a los pueblos del norte. Los ha desligado de sus raíces e introducido en una tradición que les era completamente ajena. Ha opacado todo su amor y vigor por la vida a través de la culpa y la desconfianza hacia toda la naturaleza viviente. La libertad de los bárbaros ha devenido, por mediación cristiana, en el "civilizacionismo" de un occidente aburguesado.

III

No puedo darle tregua al cristianismo, ni una alianza parcial o establecer un acuerdo relativo, porque asechando como un vampiro entre las sombras, siempre vuelve a atacarme por la espalda en el instante crucial. El cristianismo, por desgracia, es un felón. Con él no puede haber pacto: porque es una larva espectral que se nutre de la sangre reverberante de los seres vivientes que escalan sobre los montes inhóspitos y escabrosos, abiertos y amplios y profundos, donde la vegetación virgen no ha sido maculada aún por la mirada profana del sacerdote que todo lo escatima.

IV

El cristianismo es el odio hacia todo lo viviente. Hacia todo lo verdaderamente viviente: hacia todo lo salvaje que habita en los bosques y las montañas, hacia todo lo montarás que recibe la luz del día y la oscuridad de la profunda noche con el alma ardiente en llamas. Los cabellos enmarañados y las pupilas desorbitadas no gustan al cristiano.

V

El cristianismo lo blanquea todo, hasta no dejar ni un rastro de color en el bosque.

VI

Una sonrisa espontanea bajo los cabellos revueltos de quien ha gozado: eso es lo que más odia el cristiano.

VII

Si queremos devolver la benevolencia, la pureza, el brillo prístino de nuestra primera infancia a las cosas, no podemos contar con el cristianismo como aliado.

jueves, 24 de julio de 2014

La bruja




Bruja bella, bruja princesa
Embruja la cordillera, la bruja, la hechicera
Oh bruja, bruja, te ocultas bajo esa túnica de seda
Y estrujas tu hermosa cabellera

Encantas a los bosques y a las hadas
Cantas, cantas a los árboles desde tu atalaya
Bailas, bailas al alba entre las hayas
Trazas un gran círculo entre las jugosas bayas

Maga noble, Bruja de sangre azul
Usas daga de doble filo para cortar el abedul
Unas garras de lobo para el caldero sacas de tu baúl
Y llevas puesto un hermoso vestido azul

Eres pagana, con tu varita mágica bautizas a cada estrella
Crees en Nanna, por eso siempre bautizas junto con ella.